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Los tesoros del armario de mamá

Una vez acompañé a mi madre a una boda y ella ni corta ni perezosa agarró un fantástico vestido negro que compró en 1986 en una tienda por departamento en Estados Unidos. Lo curioso es que no había nadie en la fiesta que no le parara  preguntarle con fascinación en dónde lo había comprado, interrogante que se limitaba a responder con un “chica si este traje tiene más de veinte años”. Lo curioso es que  ésta no ha sido la única vez que le ha pasado. Hace no mucho le vi unos zapatos divinos en clave de blanco y negro,  y me dijo que eran unos Chanel de “mi edad”.

El vintage es desde mi punto de vista, la expresión máxima de la cultura de la moda, no sólo porque esta ropa tiene una historia particular del tiempo al que pertenece, sino porque contribuye a perfilar un estilo único y personal lleno de carácter, gracias a que lo componen “reliquias” que hablan por sí solas.

Sin embargo todavía existe un especie de repeluz por lucir la llamada “ropa de segunda mano”. Digamos que es una mezcla de superstición y tabú por llevar algo usado que nosotras no hemos estrenado y que de alguna manera está cargado con la energía de otra persona. Pero lo cierto es que esa energía es fantástica porque pertenece a un momento concreto que logra darle magia a un look que lo “nuevo” es incapaz de dar.

París y Los Ángeles se han coronado como las capitales del vintage por excelencia, debido a que poseen un maravilloso circuito de tiendas que te permite viajar en el túnel de tiempo a través de vestidos, bolsos o zapatos; también en Nueva York, Buenos Aires, Barcelona y Madrid nos topamos con  Indiana Jones del fashion que se encargan de rescatar los “tesoros del armarios de mamá”.

Casualmente en esta última ciudad, que es en donde vivo, me he encontrado con algunos de estos rincones que ostentan en sus percheros maravillas que hoy por hoy ya no se ven. Desde escandalosos vestido con volantes y tul “Made in 80’s” o los tejidos escandinavos de los setentas que pude descubrir en Lottavintage, hasta los longevos y exquisitos diseños con más de tres décadas acuestas de Hermés, Dior, Chanel, Fendi o Lavin con los que me deleité en la boutique Le Faubourg; estos lugares  más que moda albergan verdaderos  iconos.

Tal es el magnetismo que puede ejercer el vintage en nuestras vidas, que la musa Pin-Up y reina del Burlesque, Dita Von Teese, aseguró en una entrevista que toda su ropa la adquiría en las tiendas segunda mano de L.A.  Tampoco podemos olvidar el precioso Balmain original que Penélope Cruz lució para recibir su Oscar en 2009. Un vestido que la actriz confesó del que se había “enamorado” hace diez años y que por alguna razón sabía que la iba a esperar para una ocasión especial.

Lo bonito de esta ropa es que se compone de piezas únicas que nos hacen sentirnos especiales porque  nos “invitan” a que las luzcamos, por lo que si un día no tienes nada original que ponerte, te invito que explores le clóset de mamá en el que seguramente hallarás,además de inspiración, más de una opción. Así que la próxima vez que veas vintage o “segunda mano” escrito en el cartel de una tienda no cambies de acera, cruza la puerta y ni te preguntes si te lo pondrías, sólo hazlo.

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¿Qué personaje de ‘Sex in The City’ eres?

Imagen de HBO

Yo soy Charlotte. Una romántica optimista incurable, idealista, llorona y naïf que cree fírmente en el amor y en las “medias naranjas”. Me decanto por la intemporalidad de las prendas clásicas y el aura chic del vintage, los perfumes con esencias florales, el maquillaje natural y las diademas para el cabello.

Sí, digamos en cierta medida, tanto mi personalidad como mi look tiene ciertos rasgos de “miss York”, aunque por mucho tiempo me negaba admitirlo porque veía imposible que una fanática de Pink Floyd y Jethro Tull, tuviese algo en común con alguien tan “fresa” y “lady” como ella, pese a la reiterada insistencia de mis amigas. Pero lo cierto es que existe un paralelismo entre la siempre impecable e inocente Charlotte con esta servidora, aunque me cueste confesarlo y trate de evadirlo a punta de Iron Maiden.

Pese a ser una fiel seguidora de la serie de televisión a lo largo de estos años, me percaté de esta comparación la semana pasada cuando aproveché una esa raras tardes que tenía libre para irme al cine y disfrutar de unas buenas palomitas de maíz en compañía de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte en Sex in The City 2′.  Pese a ofrecer un festín maravilloso de estilismos de las Mil y una noches’, sólo apto para bolsillos privilegiados, lo cierto es que la película pone sobre la mesa circunstancias más humanas por las cuales nos ha tocado atravesar más de una vez.

Imagen de HBO

Al ver mi querida Charlotte encerrarse en la despensa para llorar, me vi a mi misma cada vez que la impotencia me domina. Sí suelo aislarme y encerrarme a llorar a moco tendido cuan“dama en desgracia” cuando ciertas situaciones me superan y no quiero que la gente que adoro como mi familia, mis amigas o mi novio se vean afectados. Digamos que me guardo las cosas en una cajita  verde de ‘Tiffany’s’ cuyo lazo blanco es una sonrisa optimista de “todo irá bien”. Basta que una Miranda a punta de cócteles me fuerce a purgar todas las cosas que llevo guardando por dentro.

Lo divertido de ‘Sex in The City’ es que una llega a verse a sí misma en los rostros de estas cuatro mujeres pero en una versión más realista, por no decir cutre, y sin el guardarropa de Saks Fith Avenue,- les invito a echarle un vistazo al “austero” closet de Bradshaw. Todas tenemos un poco de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte, pero una pesa más sobre nuestra personalidad y estilo. Yo soy una romántica optimista incurable, idealista, llorona y naïf,  que trata a sus mascotas como hijos, adora el allure del vintage y cree las relaciones de pareja, al mejor estilo “miss York”. ¿Y tú?  ¿Cuál de las cuatro eres?

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