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¡Auxilio, hay monstruos en mi armario!

Más allá del imaginario popular, Pixar y de las fobias infantiles, los monstruos del closet existen y están allí, porque forman parte inherente de nuestro guardarropa. Sí señores, son aquellas prendas abominables, que por razones emocionales o por mera costumbre, nos empeñamos en conservar en las profundidades de nuestros armarios, como un testimonio nostálgico de nuestro propio mal gusto, o peor aún, de aquel que nos regaló semejante adefesio.

Pero también la colección de bichos raros que pueblan nuestra particular “jungla fashion” se compone de piezas con las que tenemos un profundo apego que, pese al paso de los años y al uso excesivo, nos vemos incapaces de tirar a la basura,  ya que somos víctimas de la psicótica sensación de que esa camisa o ese par zapatos que adoramos con locura,  nos dice con su voz dulzona y alienígena: “noooooo, no nos botes, te queremos”, en el preciso momento que nos disponemos  a emprender una expedición por nuestro armario para ordenarlo.

En el “safari” podemos llegar a encontramos con especímenes tan peligrosos para nuestra imagen, que nos hace preguntarnos el porqué fuimos capaces de salir a la calle con semejante “ejemplar”,  que ni el Museo Natural de Historia de Londres o el Smithsonian en Washington podrían llegar a “clasificar”.

En mi caso particular recuerdo haber lucido para la boda de una amiga en la playa un monstruo en seda rosa con un prominente estampado de flores en tonos chicle y fucsia, con el que, además de verme 7 kilos más gorda, me veía como “Tarta de fresa”,- “Fresita” para los que están al otro lado del charco-. Sólo me faltaba el gato o estar acompañada del “Panadero de Ciudad Pastel”, para terminar de completar el “cómic”. De acordarme me entran escalofríos.  Creo que la pobre “criatura” murió de inanición porque desde aquella vez no la he visto más, por la simple razón de que nunca fui a recogerla en la lavandería donde la dejé para que la acicalaran. Pobre…

Y no hablemos de los engendros que habitan el cajón de la ropa interior. Cuántas veces no nos topamos con estos “seres” deshilachados, curtidos, rotos y re-usados, que son tan nocivos para el autoestima y el allure sexual, que resulta un buen “pesticida” para neutralizar cualquier síntoma de sensualidad en tu vida.

Sin embargo, he de confesar que ha habido otra clase de bichos que si conservé con mucho cariño como si se tratase de piezas “vintage” y dignas de ser guardadas, a las que me aferraba como si fuera una réplica del bolso “Chanel 225”, hasta que descubrí la catarsis y el sentimiento liberador que se siente cuando se sanea el armario.

No se trata de la simple acción de darle más espacio a tu closet, sino de abrir tus propio  espacio interior para el cambio, que por lo general, comienzan por lo más fácil: la apariencia. Si se tiene el armario desbordado de monstruos viejos, desgastados o sin estrenar de los que no te quieres despegar, será muy difícil que cosas nuevas tengan cabida dentro de él.  Aunque no lo creas, darse a la tarea de limpiar y actualizar el guardarropa va más allá del acto banal de estar siempre a la moda. Es una terapia que nos recuerda la importancia de darle un cariñito a nuestra imagen, porque verse y sentirse  fabulosa(o) no tiene nada de malo, porque como diría Martín Llorens, un célebre estilista de Miami: “No hay excusa para no lucir bien”.

Guarda las prendas  clásicas e intemporales que valen la pena, y vístete de “safari” para cazar a los monstruos de tu armario. Unos bichos que ni la moda y mucho menos la ciencia, echarán de menos. Después de pasar el “susto”, no dudes darte un gusto con las chuches de este lugar dedicado a los “niños grandes”, así que haz click aquí para que te eches un  delicioso atracón de “gominolas de diseño”. ¡FELIZ FIN DE SEMANA!

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